Junio 23rd, 2008 at 10:08 pm
(Sonidos)
Quando sei qui con me
questa stanza non ha più pareti
ma alberi,
alberi infiniti
(…)
Io vedo il cielo sopra noi
che restiamo qui
abbandonati
come se non ci fosse più
niente, più niente al mondo.
Hubo un tiempo en que las canciones tenían otra intensidad… otra densidad… Hubo un tiempo en que las cosas eran diferentes, tenían otro significado, en el que escuchar a Mina cantar Il cielo en una stanza nos conmovía de una manera diferente a la que nos conmueve ahora… una manera diferente a la que nos conmoverá… algún otro día… impreciso…
Cuando estás aquí conmigo, esta habitación ya no tiene paredes, sólo árboles, árboles infinitos (…) Veo el cielo sobre nosotros, que permanecemos aquÃí, abandonados, como si no hubiese nada más, nada más en el mundo.
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Agosto 27th, 2007 at 1:24 am
(Flores azules)

Siempre he deseado increíblemente encontrar de noche, en un bosque, a una hermosa mujer desnuda, o mejor dicho, no significando ya nada tal deseo una vez expresado, lamento increíblemente no haberla encontrado. Suponer un encuentro así, después de todo, es algo que no puede tacharse de extravío: podría ocurrir. Me parece que si todo se hubiese detenido en seco, ¡ah! no me vería en el caso de escribir lo que escribo. Adoro esta situación, que es, entre todas, aquella en que es probable que me hubiera faltado presencia de espíritu. Creo que ni tan siquiera hubiera tenido que huir. (Los que se rían de esa última frase son unos cerdos.) Una tarde, el año pasado, en las galerías que se encuentran junto al Electric-Palace, una mujer desnuda, que para mostrarse así no tuvo que hacer más que despojarse de una capa, iba de una hilera a otra, muy blanca. Era ya inquietante. Desgraciadamente, lejos de ser extraordinario, ese rincón de Electric era un lugar de libertinaje carente de interés.
Nadja, de André Breton
Si hay algo que me atraiga de este fragmento, es ese no significando ya nada tal deseo una vez expresado… Ya Umberto Eco señalaba, menos hermosamente que Breton, pero muy justamente, que un secreto desvelado, por muy importante que sea ya no tiene ningún sentido ni valor (de igual modo, algo estúpido que se oculta puede alcanzar proporciones extraordinarias). Ser misterioso sin mayor razón, es decir, sin que realmente haya ningún misterio, es algo verdaderamente agotador. Haberse dedicado durante años a esconder ese vacío personal… Que te confundan con una persona que esconde tantas y tantas cosas cuando lo único cierto es que no hay nada que ocultar…
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Agosto 25th, 2007 at 11:26 pm
(Flores azules)

Tierno… y cruel.
Real… e irreal.
Aterrador… y divertido.
Nocturno… y diurno.
Común… e insólito.
Más bello que nada.
¡Pierrot el loco!
¡Me llamo Ferdinand!
Pierrot le fou, de Jean-Luc Godard
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Agosto 24th, 2007 at 8:17 pm
(Flores azules)

Querida, por poco que tú te muevas,
renacen todas mis penas.
El cielo estaba tan azul, tan tierno,
el mar tan verde, y el aire tan dulce.
Me asusta siempre -¡lo que es la espera!-
alguna fuga atroz de las tuyas.
Del acebo de hoja barnizada
y del luciente boj estoy cansado,
y del infinito campo
y de todo, salvo de tí, harto.
Spleen, de Paul Verlaine
Verlaine, ese monstruo faúnico de los tiempos antigüos, creía en la belleza con tal intensidad que no le importaba intentar asesinar a su amante Rimbaud o estrangular a su madre y luego escribir cosas tan desgarradoramente hermosas como este poema y otros tantos, muchos…
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Agosto 23rd, 2007 at 8:27 pm
(Tiempos)

Cito de memoria, traduzco un poco así, infielmente… Bellos días, ratones del tiempo, roéís mi vida poco… He vivido veintiochos años, perdidos, como si nada… Apollinaire conocía el sentido del tiempo… lo conocía de una manera trágica, que su prematura muerte vino a confirmar… Lo conocía como lo conocen todos los que esperan, porque el tiempo, cuando uno espera, toma un sentido emocional, en el que las horas ya no son iguales unas a otras, sino que tienen personalidad, una vida propia, y expresan sentimientos… Uno puede haberse pasado toda la vida sin encontrarle sentido a las siete de la tarde de un domingo, pero un día, esta hora, este instante, puede tener un significado preciso, de adioses, de trenes que se marchan, qué se yo…
Para una persona obsesionada con el tiempo, rodeada de relojes (de pared, de sobremesa, de pulsera, despertadores, radio despertadores, cosas que dan la hora… ordenadores, reproductores de música, de vídeo, televisores…), la espera se convierte en un acto de intensa desesperación, y el mirar los segundos, en una pulsión, un acto estúpido, sí, pero reflejo… reflejo quizás de un miedo a no estar realmente aguardando nada, que nadie llegue, que no ocurra ninguna cosa…
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Agosto 22nd, 2007 at 9:24 pm
(Espacios)

Una vida marcada por los cafés… Sí, desde bien joven… Era el sitio… Aquel café frente a aquella escuela para chicas que querían ser amables con los pasajeros de algún avión, que querían ser como aquella de Chungking Express, de Wong Kar-wai… Sí, eso… Allí, expuestas a aquel camarero algo verde, en aquella cafetería un poco como todas, pero que tenía un piano, que nadie tocaba, o muy de cuando en cuando… no sé, nunca lo vimos… Se estaba bien… Luego se fue, luego cerró, luego cambió… para no volver nunca más… Y durante muchos años, la cafetería del Rialto, de la Filmoteca, con todos aquellos actores y directores de medio pelo, y aquel restaurador un poco loco, que soñaba con pasar unos días en el Hotel Romántico, en no sé que lugar de Barcelona, provincia, que se obstinaba en sentarse a nuestro lado y más tarde con nosotros… Y aquella misteriosa mujer del pelo blanco, con su esperpéntico grupo y, en definitiva, todas esas cosas raras, que seguramente nos marcaron, porque nos dejábamos llevar… Era lo único que hacíamos, dejarnos llevar, dejar pasar los minutos, las horas y los días… los meses y los años… nada glorioso, y sin embargo… Finalmente, aquella otra, en una calle de esas que no son nada, que llevan de un sitio a otro y ese es su único sentido… Toda esa gente de siempre, aquellas dos hermanas, la sofisticación de una frente a la cuidada sencillez de la otra, con esos aires tan de comuna que sólo había visto en las fotografías de las revistas de moda… Estaba el jefe, que luego murió… Esas cosas que se saben por un gesto de los demás… algunas miradas extraviadas, poca cosa… Y más, muchos más cafés, infidelidades a los otros…
Todo para llegar a un último café… escondido en una esquina, viejo, olvidado, exhausto, con un sólo ventilador de aspas, anecdótico, como todo, como el piano escondido, como los espejos desgastados que te hacen formar parte de un tiempo que ni existe ni existió, las luces agotadas, las mesas abandonadas por las máquinas de coser… Un lugar para el encuentro de los brazos izquierdos con las manos izquierdas…
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Agosto 22nd, 2007 at 12:15 am
(Flores azules)

El escritor francés Raymond Queneau escribió allá por el 1965, un hermoso libro llamado Las flores azules en el que dos soñadores se soñaban mutuamente y, en cierto modo, se creaban, con algún que otro siglo de distancia, porque Cidrolín, después de todo, inventaba a aquel duque en la Edad Media desde su barcaza, y éste, Joaquín de Auge, inventaba a aquel hombre del siglo XX. Tiene algo de conmovedor pensar que uno existe porque otra persona, en otro lugar, en otra época, en otro espacio, está soñando con nosotros (bien, en algunos casos son pesadillas, sí… en fín…).
Y bueno, quizás llevados por esa idea un poco ingenua, pensamos en palabras que sueñan con imágenes e imágenes que sueñan con palabras… y en crear un espacio en que esto fuera así, un espacio lleno de flores azules, como ésta, de cosas azules, de letras azules, de cielos azules,… Y eso es todo… Poco pero suficiente…
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